Durante años, el ecosistema de los activos digitales ha operado bajo una paradoja incómoda. Por un lado, se glorifica la transparencia inmutable de los registros distribuidos; por el otro, esa misma transparencia es el mayor enemigo de la adopción corporativa e institucional.
Ninguna corporación multinacional, banco central o fondo de cobertura puede permitirse el lujo de operar en un entorno donde sus competidores, con solo mirar una dirección alfanumérica, pueden descifrar sus estrategias…
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