
Nueva York, a finales del siglo XIX.
No hay televisión ni encuestas modernas, y nadie ha construido todavía un modelo estadístico capaz de anticipar una elección. Aun así, en oficinas del distrito financiero, salones de apuestas y círculos de corredores se negocia una pregunta muy concreta: quién será el próximo presidente de Estados Unidos.
Las respuestas no se expresan en opiniones, sino en dinero. Cada apuesta cerrada sobre uno u otro candidato…
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