El 11 de abril de 2004, un británico de 32 años entró al Plaza Hotel & Casino de Las Vegas con un esmoquin alquilado y una decisión que parecía sacada de una película.
Su nombre era Ashley Revell y llevaba consigo $135.300, una cantidad que había reunido después de vender prácticamente todas sus pertenencias. No pretendía pasar una noche jugando ni probar suerte con pequeñas apuestas.
Había viajado miles de kilómetros para colocar toda su fortuna sobre un único color de la…
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